A las siete del sábado 16 de julio, en el bar Santa Catalina, que se encuentra en Montevideo, el mozo acomoda la última mesa que cabe en el salón. Faltan apenas segundos para que comience el enfrentamiento por la Copa América es entre Argentina, favorito y locatario, y Uruguay, heredero de un mito que engendra temor y esperanza.
En el Santa Catalina no cabe un alma y los últimos en llegar llevan la peor ubicación. Hay quien relojea el partido desde afuera o decide mantenerse parado balanceando un whisky. Atrás de la barra son cuatro: el dueño, su señora, el pizzero y un ayudante. La pista la atienden dos mozos, Mario, el agitador de la fiesta, y Márquez, quién en la semana aguarda las inesperadas apariciones del presidente José Mujica.
El estadio está en Santa Fe y luce de bote a bote. Lo que se juega es el pasaje a semifinales del torneo continental.
Comienza el partido Argentina vs Uruguay
Siete y cuarto marca el reloj de metal atrás de la barra; comienza el partido. La cancha se vuelve cielo y en el firmamento veintidós estrellas. Los relatores no dan abasto: este es el enfrentamiento más colorido de la copa. Por Argentina juega Leonel Messi, catalogado como el mejor jugador del mundo, Sergio “el kun” Agüero, el heredero Maradoniano, Ángel Dí María, la mejor incorporación del Real Madrid 2010.
Uruguay tiene en sus filas a Diego Forlán, el mejor jugador de la copa UEFA y balón de oro del mundial de Sudáfrica 2010-, Luis Suarez, “el depredador” , como le conocen en Liverpool, reconocido en Holanda y con fama en Reino Unido, donde acumula en ese país tantos goles como partidos jugados.
Apenas comenzado el partido, a los cinco minutos llega el gol uruguayo, a cargo de Diego “Ruso” Pérez. Solito y por la izquierda define sin tiempo para la duda. El volante, será ángel y demonio al mismo tiempo, pues acabará expulsado a los treinta y ocho minutos del primer tiempo, y dejará la cancha triste pero con ansias de llegar a un final feliz.
En el bar la hinchada que supera los cuarenta espectadores se ahoga en un grito de gol que hierve las gargantas. Los hinchas de cuatro a setenta años se abrazan, se sirven picadas para todas las mesas.
Minuto diecisiete. La respuesta de Argentina no se hace esperar y empata con un gol de Gonzalo Higuaín, figura indiscutida que una y otra vez intentará anotar en el arco celeste.
Mesa a mesa la situación cambia y se putea de lo lindo. Una nena llora y el mozo le regala un helado y ahora sí una sonrisa queda impresa. Tan pequeña y tan igual a los adultos que la rodean, que oscilan de la alegría a la amargura en minutos.
Dos minutos pasaron de la anotación argentina hasta que Mauricio Victorino sale lesionado. Un partido duro, fuerte, de golpe y contragolpe donde el árbitro paraguayo termina repartiendo once amarillas y dos tarjetas rojas.
Con el desafío de mantener la igualdad, con dos goles anulados por offside (uno para cada equipo), termina el primer tiempo con un empate.
Segundo tiempo y definición
Los siguientes cuarenta y cinco minutos serán de idas y venidas sin definición, con un equipo local confundido y disgregado, de figuras sueltas. Un rival desgastado físicamente pero aguerrido, que intenta a rearmarse y apuesta al juego colectivo.
Más cerca del final, Batista, el entrenador argentino, apuesta a un cambio en la delantera y coloca a Carlos Tévez en lugar de Agüero. Es un cambio tardío o una previa del alargue que ya parece inminente.
Recién en el minuto cuarenta y uno del segundo tiempo el partido empareja cuando el juez Amarilla expulsa a Javier Mascherano, capitán del equipo argentino.
En el bar se chocan las jarras cerveceras,algunos preguntan si fue gol. No se precisó un gol para el festejo: la expulsión de Mascherano que contribuye a equilibrar el partido es motivo de fiesta. Es allí cuando la moral del equipo no encuentra límite y la hinchada no pierde esperanza.
Tal como dicta la tradición, el triunfo se hace esperar y el partido prolonga el suspenso y la emoción en alargue. La mitad de los planes de sábado en Sudamérica se atrasan, pues nadie quiere perderse el desenlace de lo que muchos denominan final anticipada.
Los que no fuman están en la calle prendiendo un cigarro. El mozo Mario se sube a una silla y choca las bandejas que hacen gran estruendo y el público comienza a gritar “soy celeste".
Argentina arranca con un cambio: sale Fernando Gago y entra Lucas Biglia.
El primer tiempo del alargue mantiene el tanteador. Y para el segundo período, el maestro Tabárez realiza los dos últimos cambios.
Tal como aquel inolvidable Uruguay-Ghana en el Mundial de Sudáfrica, el partido termina con definición por penales y la celeste apuesta al mejor jugador de la cancha, el arquero Fernando Muslera. El chiquilín del que muchos dudaban, el del puesto ingrato, el número uno.
Los penales se miran de pié. Los mozos, el pizzero y la señora están atentos a cada ejecución. La esperanza sigue intacta. Uruguay gana por penales, Uruguay hace sufrir. Nueve pelotas traspasan la línea de gol, pero la décima queda entre las manos de Muslera. El golero cabalista le ataja el tiro a Tévez mientras miles lo culpan de perder el campeonato, tres millones le ofrecen un refugio cruzando el charco.
Uruguay, el país chiquito se cuela en semifinales, mientras Argentina mira hacia adentro. Los canales comienzan con su catarata monocorde de sermones y la hinchada silenciosa y asombrada deja las tribunas. Esa es la imagen más elocuente de la Argentina de Grondona, la de las mafias y los campeones culpables de un fútbol que ahora tienen la obligación de refundar.
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