miércoles

La tierra prometida



            Habló con el hombre del bote, el tipo no hizo preguntas. Quedaron a las 12:40 sin adelanto alguno. La palabra seguía teniendo valor para los paisanos del lugar. Volviendo monte arriba, pensaba cuando fue que todo se volvió tan terrible. El viento le curtía la cara con arena, el frío le abría canaletas en la piel.

Fue hace un día cuando todo cobro sentido. Un plan que vivía en sueños, en la retorcida mirada que podía ofrecerle a un prójimo que daba pena.
            Temprano salió de la carpa, el verano se había fugado falso como el tiempo. Caía una lluvia finita, que nublaba la vista y fruncía el ceño. La pareja de verde estaba frente al lago, tomaban una foto. La misma de ayer, la misma que toman desde el día que llegaron. El lago gris vertedero de cloaca, ahora tormentoso, siempre quieto, no podía ser la atracción de cada mañana. La pareja combinada le daba náuseas. Entusiasmaba la idea de sabotearles el ropero y cargarlos de prendas floridas.
            Fulvio pescaba la inercia. La caña ya no tenía carnada pero bajo estrellas de neón el saldo era el mismo. El hace que pesca, ellos hacen que viven. A la pareja de verde los empezó a notar luego del insomnio, antes eran las diez y el vino de la noche obligaba un descanso más profundo.
Jamás depositó un peso en la caja de esperanzas de este pueblo. Venía el 18 de diciembre a esperar su cumpleaños y sentía la alegría de pasar la arena, cruzar el bosque e internarse en el monte donde el agua y el viento son un solo cantar. Para cuando fue su aniversario, la cosa venía bien. Los vecinos eran ausentes y sobretodo lejanos. Ahora revolvía el escarbadientes en la muela cada vez que escuchaba el llanto del bebé, un niño que nada podía entender de descanso porque jamás conoció el esfuerzo. El grito era insoportable. Para el recién nacido era injusto pero necesario. Le evitaría una vida de penas rodeado de parientes infradotados, por lo demás era una forma tajante de cortar el sufrimiento: “cortar dientes” y pasar calor.
            El pueblo no podía estar más agradecido. Había cosas que el pueblo sabía, Fulvio sabía y así estaba bien.
            Para las vísperas algo marchaba raro. Fue el 22 que despertó de un sobresalto, pensó que el pampero se había embravecido y el toldo no iba a aguantar el chijete. Pero al salir de la carpa vió a dos camionetas que mugían como vacas, acelerando y frenando, haciendo gracias dibujadas en dióxido…No logró incorporarse, que torciendo la vista cruzó mirada con una niña que colgaba las piernas de un tronco. Piernas magulladas de desobediencia.
Esa mañana no menos de diez, entre autos, camionetas y un camión plantaron campamento. La tarde no mejoró. Desembarcaban familias reproducidas como conejos, familias de extensiones bestiales que llegaban con su ruido, sus ollas, sus carcajadas. Madres que arreaban niños.
            El 23 el calor era extremo, no soportaba la carpa ni la sombra. Bajó entre la arboleda, tiró la caña y esperó. La noche había sido igual de calurosa y el sueño le ganó en una siesta perturbada de emociones. Al regresar, el camping se había duplicado. Miraba estupefacto el despliegue. Tenían heladeras instaladas, asaban animales enteros, no había grupo que bajara de la decena.
Furioso cortó camino hasta el boliche, tomó el pan y el vino. La mujer miope lo atendió con desconcierto. Esa cara estúpida estaba indignada. El pueblo iba del asombro al desconcierto, habías quienes festejaban las ventas, pero lo hacían discretamente y jamás lo reconocieron en publico.
            El 24 fue insoportable, Fulvio luchó fuertemente con su catre que bregaba por sacarlo, finalmente le ganó y al salir no pudo más que confirmar lo peor. El camping estaba repleto y el tránsito no paraba; había una mujer flaca que colgada de un ciprés pretendía tirar una guirnalda. Cuando se incorporó vio un carrito que arrastraba un generador.
            Pasó por el vino y el pan, la almacenera miope estaba ahora sentada en un banquito al fondo. En el mostrador atendía la madre que le dio el paquete desconfiada del horario, le sumó queso al menú y antes que cayera la noche estaba cobijado en el monte. Fue recién con los primeros cohetes que sobresaltado vio la noche y las luces de los fuegos artificiales que se centellaban a lo lejos.
            El 26 volvió del monte desmejorado y hambriento pasó por el almacén y en lugar de la miope estaba el padre sentado al fondo. Y la vieja que atendía le alcanzó el paquete y al cobrarle le tomo con fuerza la mano, le pasó un papel, el agradeció y pasó derecho. En el recorte de estraza estaba escrito con letra escolar “Julio Gómez 62- 22hrs”.
            Salió por la calle que rodea el campo de la laguna. La reunión fue concreta. Anselmo asintió y el plan fue un hecho. La gorda del almacén viejo, la vieja de las tortas fritas, el turco del hostal, Quevedo, la familia de la miope y una docena de personas más convencieron a Anselmo, que no precisaba persuasión, de concretar el plan. Fulvo esperaba sentado, el no tenía problema. El lo podía hacer y su precio era claro. Podía volar el monte, pero en cinco años, un cuarto de esas tierras serían suyas. Todos firmaron.
            A las 4:15 del 31 de diciembre bajaba a la playa, de botas, sin más carga que una bolsa. Le dijo al balsero: el trabajo está listo. Soltaron el bote y desde el medio del río se oyó el estruendo. Trescientas hectáreas de dinamita estallaron en la noche. Los arboles ensordecían golpeándose unos contra los otros. Se vieron bandadas de pájaros cubriendo el cielo, como avispas ensuciaban el comienzo del día.
Chasquidos y fuegos contó el balsero. Dijo solo que logró huir, que un tipo de afuera le había pedido un cruce, a una hora extraña de la noche, que pensó que era contrabando, pero tras que el tipo no apareció y se oyó el primer estruendo arrancó raudo corriente arriba. De seguro ha de ser algún loco que quedó encendido en el monte.




3 comentarios:

Zobeid@ dijo...

A chaja le gustó...

Sigma dijo...

No se si decir que me encantó. Creo que por momentos algo le falta, aunque no se si es falta tuya o el texto es así, y que vos le buscaste esa falta. Digo en el hecho de que le faltan detalles que me enmarquen más en donde estoy parado. Además creo que por ahi hay alguna que otra desatención en cuanto a la narración que podría ser corregido. Más allá de eso, el final radical y lo que engloba la historia es muy bueno. ¿Quien acaso no quiso explotar tres hectareas con dinamita alguna vez?

Saludos

Zobeid@ dijo...

Sigma, mil gracias por tu aporte!
El cuento tiene alguna falta, y como dices tú, puede ser mejor desarrollado.

Vamos a ver si sale una versión reloaded.

Salutis!