El viento que tímidamente comenzaba a revolver la basura de las calles ahora entraba agresivo haciendo volar las cortinas de la casa. Las perras corrían histéricas anunciando la tormenta, aullaba la anciana siempre menstruante de tetas caídas.
El ciclo se repetía cada tarde, a las cinco, cuando el sol era irrespirable el viento arrumaba las hojas y soplo a soplo armaba el espectáculo. Pero el agua no llegaba, eran tormentas de tipos secos; el viento, el gran señor.
Fueron cinco meses, con sus ciento cincuenta y tres días, con sus despertares y sus ocasos secos, crujientes. Había quiénes le temían a las víboras, a los sapos. Otros les cazaban, hacían de la desgracia un juego, una acumulación de reptiles.
Habían probado los métodos más científicos y los más inverosímiles, mágicos, esos que alguna vez llamaron a la lluvia y ella respondió.
Todo fenecía, menos el verde campo de los Arteaga, sus pastos relucientes casi plásticos, sus frutas que seguían llegando al mercado. Eran tres hermanos, se los veía felices, nunca andaban solos. Cuando no era Ignacio que salía en la camioneta con Santiago, era Santiago que llevaba a Franco en el auto.
Los conocían como los huérfanos de Arteaga, sus padres, padres tardíos y enfermos, murieron cuando estos alcanzaron la veintena de años. Ella, buena madre, mejor esposa, se fue a morir bajo un árbol días después que Arteaga pereciera frente a un cáncer que se lo llevó de manera rápida y dolorosa.
Todos conocían a los huérfanos, eran un trío apacible, enamorados y voluntariosos, mantuvieron la chacra familiar. Pero los aires calientes desesperan a las gentes y algo extraño paso el año de la gran seca. Se comentó en lo de Lujambio, se dijo que el chimento lo empezó el hermano de una ex de Franco, otros dicen que Santiago borracho lo comentó en la conga, lo único cierto es que corría el rumor de que existía un pozo en casa de los Arteaga. Un pozo, un tajamar, no había certezas, pero los miércoles sus frutas llegaban al mercado y ya nadie podía competir con ellos.
La amabilidad de entonces mudó a desconfianza, no había más agua que la comprada y las perspectivas de lluvia nacían por la tarde y se esfumaban en cada atardecer.
Con motivo de las fiestas que conmemoran la caza del tatú, los pobladores organizaron lo que hoy se sabe una trampa. Los hermanos, robusto Ignacio, hermoso Franco y bonachón Santiago, llegaron en la camioneta gris, entrada ya la cena y los cantos alguien propuso un brindis por los tan productivos Arteaga, emprendedores en un pueblo de ratas. El festejo se fue agrandando y los motivos de alentadores se tornaron sarcásticos, plagados de desconfianza y envidia. Franco alentó la huída, pero sus hermanos, seguros de sí mismos, lo persuadieron, “no hay temor, son nuestros vecinos”
Las jarras se vaciaban y llenaban sincrónicamente, como si una maquinaria intencional las cargara con apuro. Franco no apuro el vaso y es quién sería testigo de aquel feroz desenlace.
Todos arriba de su locomoción emprendieron el camino a la chacra de los Arteaga, el calor era abrasador y la noche negra. Franco ya no creía en las caras que resecas dejaban ver el alma. El pueblo que alguna vez los acunara hoy tiraba sus cuerpos en una zanja al ver que los emprendedores Arteaga tenían algo más que un pozo, más que un tajamar o una represa. Era una fuente. Una fuente de aguas brillantes que emanaba perfumes frescos, emanaba la vida que llenaba las mañanas del mercado. Una fuente que olía a Arteaga, que surgía pasando el árbol, exactamente donde antes estaba las tumbas de aquellos padres que se fueron.
No hubo testigos de tal brutal asesinato, dicen que Franco fue el único consiente, que vio todo y se entregó a su destinación, ahora más solitaria que antes. La chacra exenta de herederos se remató y todos compraron ese pedazo de tierra aunque a golpe vista no pareciera ser una gran inversión.
Desde ese entonces en aquel pueblo llueve, llueve siete meses, con sus doscientos doce días, sus doscientas doce mañanas y sus doscientas doce noches. Las inundaciones rebasan lagos y arroyos y todo es caos cuando las plantaciones se pudren y es necesario correr cerro arriba a rescatar lo poco. Son doscientas doce jornadas de tormenta y tras ellas vuelven los cinco meses de seca, con sus vientos, sus aullidos arremolinados y sus ciento cincuenta y tres días, con sus mañanas y sus ocasos secos, opuestamente secos.




