lunes

NO FACILITEMOS LA IMPUNIDAD

martes

21 de noviembre

Hoy pasó algo inusitado, hoy viaje al mar. Ignacio tenía fiebre, ya lo dije, paso la noche recorriendo la cama, sudando. Desconozco en qué momento y si fue una acción consciente o no pero de alguna manera en mi cansancio de enfermera apagué el celular; el único despertador que tengo, y esta su única función. Fue el cuerpo que me dijo que el día se había levantado, que hacía el calor del verano y que por más que no quisiera ya había llegado tarde a trabajar.

Salí corriendo al teléfono y en el mismo momento que discaba, el sol me pegaba en la frente, llegando a rayos dividido entre la mugre de la ventana y así sin más mentí. Hablé a mi jefa, cambie la voz, alegue el contagio, la gripe se presta perfecta por estos días, y yo, humana, tenía derecho al contagio.

Me vestí cómo si nada, cargue la ensalada, la cámara, la agenda, los lentes y a Medina. Salude a Ignacio que seguía entre sueños y me fui.

No tuve un momento de duda, caminé cuadras, compre bizcochos y llegué a la terminal. El público era raro, tranquilo, nadie corría en la ansiedad de un feriado, ni peleaba por el precio, la fecha o el sitio de un asiento. Hoy se podía elegir. Camine el andén, miré los letreros, los motores en marcha y me subí al mejor, al que no conocía.

-¿A dónde va usted?- pregunté al guarda.

-Playa Vieja – contestó aburrido, resignado. En una respuesta seca, como si nada hubiera para decir del lugar. Su tristeza me inspiró ternura, me subí.

-Yo también –contesté y pagué el boleto.

Tenía la alegría de los doce años, la sensación de haberme rateado al colegio, de encontrarme donde nadie me podía ubicar. Acurrucada en un rincón, con el cachete contra el vidrio húmedo, chorreante, saqué a Medina y al vaivén del viaje meneado y lento me dormí.

Desperté en la ruta, cruzábamos cerros y mi sonrisa delataba mi delito. La humedad se hizo densa y la lluvia reventó, violenta limpiaba los árboles, los bichos que conocían los caminos y yo que planeaba no volver.

En la bajada a la playa el viento estaba inquieto pero ya no llovía. Me senté en un parador, cerrado desde el verano. Leía a Medina, hablaba del mar, yo lo veía. Decía que la obsesión era el momento de escribir.

Comí la ensalada, miraba la playa y de un momento a otro la idea y la historia, y el vómito y el papel expectante que se completa sorprendido.

Volví a casa sin pensarlo, en paz conmigo misma, con mi mentira. Hoy tengo un secreto que no es traición, me río cocinando, invento historias para Ignacio, ya se siente mejor, se está curando y yo también.

jueves

Munditos

domingo

backstage


la cosa viene por otro lado >>>

miércoles

oh god, oh god!


pica yisus tras del muro

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